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¿Qué es el Síndrome de Sanfilippo?

Autor: Giovana Femat Roldán

El síndrome de Sanfilippo es un trastorno genético raro que pertenece al grupo de mucopolisacaridosis, un conjunto de enfermedades metabólicas hereditarias. Este síndrome se caracteriza por una herencia autosómica recesiva, lo que significa que una persona debe recibir una copia del gen defectuoso de ambos padres para desarrollar la enfermedad. Objetivamente, este trastorno ocurre debido a mutaciones en los genes HGSNAT, NAGLU, SGSH y GNS, los cuales codifican las enzimas necesarias para descomponer una molécula llamada heparán sulfato. 

En condiciones normales, el cuerpo utiliza ciertas enzimas para descomponer y eliminar la molécula heparán sulfato, que se encuentra normalmente en algunos tejidos. La acumulación de heparán sulfato no degradado conduce a disfunciones celulares y patología en varios órganos. En el sistema nervioso esta acumulación resulta en desintegración neuronal, es decir, en daño y muerte progresiva de las células nerviosas, lo que afecta el desarrollo y funcionamiento del cerebro. 

El síndrome de Sanfilippo, también conocido como mucopolisacaridosis tipo III (MPS III), es un trastorno que afecta principalmente al sistema nervioso central, aunque como se ha mencionado anteriormente, otros sistemas del cuerpo también pueden estar involucrados. Se divide en cuatro subtipos (MPS III A, B, C y D), cada uno asociado con la deficiencia de una enzima específica involucrada en la degradación del heparán sulfato. Aunque todos los subtipos comparten la acumulación de este glicosaminoglicano, el curso clínico puede variar significativamente entre ellos.

Manifestaciones clínicas

El síndrome de Sanfilippo se clasifica como una enfermedad neurodegenerativa pediátrica porque afecta principalmente al sistema nervioso central y presenta un patrón progresivo de síntomas.

Los primeros signos aparecen en la infancia temprana (entre los 2 y 6 años), con retraso del desarrollo, especialmente en el ámbito del lenguaje y comunicación. A menudo, los padres notan que el niño tiene dificultades para seguir instrucciones o interactuar socialmente. 

Otros síntomas incluyen deterioro cognitivo y problemas de comportamiento como hiperactividad, impulsividad y trastornos del sueño. En esta etapa, los síntomas pueden ser confundidos con otros trastornos del neurodesarrollo, como el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) o el Trastorno del Espectro Autista (TEA).

Entre los 6 y 10 años, la enfermedad avanza hacia una regresión en el lenguaje, es decir, la pérdida de habilidades de comunicación que ya habían adquirido. El deterioro cognitivo se vuelve más evidente, con una disminución de la memoria, la atención y las habilidades para resolver problemas. Esto puede hacer que los niños se frustren con mayor facilidad, lo que intensifica los problemas de comportamiento. 

Generalmente entre los 10 y 15 años, los niños experimentan una pérdida progresiva de habilidades motoras, lo que afecta la capacidad de caminar, correr o realizar tareas cotidianas. Esto ocurre debido a la desintegración neuronal causada por la acumulación de heparán sulfato en las células nerviosas. Muchos niños desarrollan crisis epilépticas debido al daño neuronal progresivo. 

El curso de la enfermedad es progresivo y devastador. Los síntomas afectan no solo al paciente, sino también a sus familias, quienes enfrentan desafíos emocionales, físicos y financieros.

Diagnóstico

La identificación temprana a través de pruebas de detección neonatal podría permitir un diagnóstico presintomático y un beneficio terapéutico óptimo, especialmente en niños con riesgo conocido debido a la herencia familiar. El enfoque diagnóstico incluye: 

  • Pruebas bioquímicas:

detectan la acumulación de heparán sulfato en la orina o el plasma del paciente. 

  • Análisis genético:

confirma las mutaciones en los genes asociados. Este método no solo establece el diagnóstico definitivo, sino que también identifica portadores en la familia. 

Tratamiento

No existe una cura para el síndrome de Sanfilippo, por lo que el manejo se centra en un tratamiento paliativo destinado a aliviar los síntomas y mejorar la calidad de vida. Esto incluye terapia física para mantener la movilidad, intervenciones conductuales para manejar los problemas de comportamiento y medicamentos para controlar las crisis epilépticas.

En los últimos años, se ha investigado el uso de terapia génica como una posible opción terapéutica. Esta estrategia busca corregir las mutaciones subyacentes reemplazando el gen defectuoso o suministrando enzimas funcionales al cerebro. Aunque aún está en etapas experimentales, los avances en esta área ofrecen esperanza para el futuro.