Síndrome de West: Cómo se manifiesta y se detecta
Autor: Giovana Femat Roldán
El Síndrome de West es un tipo específico de epilepsia infantil que se caracteriza por tres elementos principales: espasmos infantiles, un trazado anormal en el electroencefalograma (EEG) conocido como hipsarritmia y un retraso en el desarrollo psicomotor. También se le conoce como «epilepsia infantil con espasmos» y forma parte de un grupo más amplio de epilepsias epilépticas graves de inicio temprano.
Esta condición suele manifestarse entre los 3 y 12 meses de edad, y es más frecuente en niños que en niñas. Aunque no todos los casos tienen una causa identificable, muchas veces el síndrome se relaciona con lesiones cerebrales prenatales, genéticas, metabólicas o adquiridas.
¿Cuáles son los signos y síntomas del Síndrome de West?
El signo más característico son los espasmos epilépticos. Estos espasmos son muy distintos de las convulsiones típicas y, por ello, a veces pueden pasar desapercibidos. Se presentan como movimientos bruscos y cortos, que generalmente afectan al tronco, cuello y brazos del bebé. Pueden parecer un sobresalto o un intento de incorporarse, y suelen durar apenas uno o dos segundos.
Lo más común es que ocurran en grupos o racimos de varios espasmos seguidos, especialmente al despertar o cuando el bebé está adormilado. Los padres pueden observar que el niño flexiona el cuello y el tronco hacia adelante, mientras eleva o extiende los brazos.
Además de los espasmos, es frecuente que el bebé muestre pérdida o regresión de habilidades ya adquiridas, como dejar de sonreír, balbucear, fijar la mirada o sostener la cabeza. En algunos casos, el desarrollo se enlentece o se detiene.
¿Qué causa el Síndrome de West?
Las causas pueden dividirse en tres grandes grupos:
Causas sintomáticas o estructurales:
Cuando hay una lesión cerebral conocida que explica el síndrome, como:
- Daño cerebral por falta de oxígeno al nacer (encefalopatía hipóxico-isquémica)
- Malformaciones cerebrales congénitas
- Infecciones prenatales como toxoplasmosis o citomegalovirus
- Lesiones por traumatismos o hemorragias cerebrales
Causas genéticas o metabólicas:
Incluyen síndromes como la esclerosis tuberosa, enfermedades mitocondriales o trastornos del metabolismo.
Causas criptogénicas o idiopáticas:
Cuando no se encuentra una causa clara, aunque se sospecha un origen funcional o genético no identificado.
¿Por qué es urgente detectarlo?
El cerebro del bebé está en una etapa crítica de desarrollo, y la actividad epiléptica constante puede interferir gravemente con este proceso. La hipsarritmia, un patrón caótico en el electroencefalograma, refleja una actividad cerebral desorganizada y persistente que impide que el cerebro forme adecuadamente las conexiones necesarias para el aprendizaje, el lenguaje, el movimiento y el desarrollo emocional.
Cuanto más se tarde en detectar y tratar el síndrome, mayores serán las probabilidades de daño neurológico irreversible, retraso mental grave y otros tipos de epilepsias resistentes en el futuro.

¿Cómo se diagnostica?
El diagnóstico se basa en tres pilares:
- Observación clínica de los espasmos:
El pediatra o neurólogo infantil realiza una evaluación cuidadosa, muchas veces apoyado por videos grabados por los padres en casa.
- Electroencefalograma (EEG):
Es una prueba clave que permite visualizar la actividad eléctrica cerebral. En el caso del Síndrome de West, se observa un patrón característico llamado hipsarritmia, con ondas lentas y puntas caóticas sin organización.
- Estudios de imagen cerebral (resonancia magnética):
Ayudan a identificar posibles lesiones estructurales en el cerebro.
Además, pueden solicitarse estudios metabólicos o genéticos para buscar causas subyacentes.
¿En qué consiste el tratamiento?
El tratamiento debe iniciarse lo antes posible y requiere un enfoque especializado. Existen varias opciones terapéuticas, entre ellas:
- Hormonoterapia:
Como la ACTH (hormona adrenocorticotrópica) o los corticosteroides (prednisona), que reducen la actividad epiléptica.
- Antiepilépticos específicos:
Como la vigabatrina, especialmente útil en casos asociados a esclerosis tuberosa.
- Dieta cetogénica:
En algunos casos resistentes, esta dieta rica en grasas y baja en carbohidratos puede ayudar a controlar las crisis.
- Cirugía:
Cuando se identifica una lesión cerebral bien localizada que origina las crisis, puede considerarse una intervención quirúrgica.
El tratamiento debe estar a cargo de un equipo multidisciplinario: neurólogos pediátricos, genetistas, terapeutas del desarrollo, psicólogos y nutriólogos, según las necesidades del niño.
¿Qué pronóstico tiene?
El pronóstico depende en gran medida de la causa y del tiempo que se tarde en iniciar el tratamiento. Los niños con una causa conocida (sintomáticos) y aquellos con tratamiento tardío suelen tener un pronóstico más reservado, con riesgo de epilepsias persistentes y discapacidad intelectual. En cambio, aquellos con causas no identificadas y tratamiento precoz pueden evolucionar mucho mejor, con menor afectación neurológica.
En todos los casos, la estimulación temprana y la rehabilitación neurológica son fundamentales para maximizar el potencial del niño. Acompañar su crecimiento con terapias personalizadas, apoyo escolar y orientación familiar puede hacer una gran diferencia.
